La fe y el arte de nuestro tiempo
Faith
and art in our age
Javier Carvajal Ferrer · Universidad Politécnica de Madrid / Universidad de Navarra (España)
Recibido: 05/02/2026
Aceptado: 14/02/2026
Con motivo del centenario del nacimiento de Javier Carvajal Ferrer (1926-2013), considerado por muchos como uno de los arquitectos españoles más importantes del siglo XX, publicamos una conferencia inédita que el autor pronunció en el marco de los VIII Encuentros de Europeos Universitarios, celebrados en Santiago de Compostela durante el verano de 1995. Partiendo de unas palabras que el papa Juan Pablo II había escrito con motivo de la constitución del Consejo Pontificio para la Cultura (1982), Carvajal explica a sus oyentes —con su particular estilo vehemente, entrecortado y circular— el compromiso que cada cristiano tiene de contribuir a edificar una civilización que hunda sus raíces en el amor de Cristo. El artista, en concreto, debe poner sus talentos al servicio de sus hermanos los hombres, de modo que comprendiéndose a sí mismo, sea capaz de crear y de transmitir una nueva belleza que alivie la carga vital de sus semejantes, iluminando así el tiempo que a cada uno le ha tocado vivir.
Arte, arte sacro, cristianismo, Javier Carvajal, Juan Pablo II.
To mark the
centenary of the birth of Javier Carvajal Ferrer (1926-2013), considered by
many to be one of the most important Spanish architects of the 20th century, we
are publishing a previously unpublished lecture he delivered at the VIII
Meetings of European University Professors, held in Santiago de Compostela
during the summer of 1995. Drawing on words written by Pope John Paul II on the
occasion of the establishment of the Pontifical Council for Culture (1982),
Carvajal explains to his audience —in his characteristically passionate,
halting and circular style— the commitment every Christian has to contribute to
building a civilization rooted in the love of Christ. The artist, in particular,
must place their talents at the service of their fellow human beings, so that,
by understanding themselves, they may be able to create and transmit a new
beauty that alleviates the burden of life for other human beings, thus
illuminating the times in which each of us lives.
Art,
Christianity, Javier Carvajal, John Paul II, Sacred Art.
*
El papa Juan Pablo II nos ha dicho, para marcarnos nuestra personal tarea al termino de este siglo y en el comienzo del tercer milenio: «La síntesis entre fe y cultura, no es sólo una exigencia de la ciencia, sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente aceptada» (1982). [1]
Palabras que repetimos muchas veces, pero que no siempre entendemos en su claro y profundo sentido que a todos nos obliga: que la fe debe conformar la totalidad de la cultura que, con nuestro esfuerzo, debemos construir en nuestro momento concreto, para superar la crisis de tres siglos largos de alejamiento de Dios, desde una acción apostólica coherente con la actividad cultural en la que estemos comprometidos cada uno de nosotros.
Porque nuestra actividad cultural debe estar informada de un inequívoco carácter apostólico que responda al mandato de Cristo, a todos cuantos nos honramos con su nombre: Id y predicad la buena nueva del amor del Padre, hasta todos los finisterres de la tierra (cf. Mc 16, 15).
Palabras de Cristo que no podemos entender de igual manera que entendemos las palabras de los pensadores, de los intelectuales o políticos de los que nos guarda su recuerdo la historia, y que pueden resonar en nosotros como aportaciones válidas de ideas o sugerencias que pueden abrir vías a nuestra acción desde el pasado, dando luz a nuestro futuro, o fuerzas a nuestra actividad cultural de hombres en medio de los hombres.
Porque las palabras de Cristo son palabras vivas, palabras de hoy para la vida eterna de todos los hombres, para dar vida al aquí y al ahora de todos nosotros, que resuenan en nuestro corazón y en nuestro entendimiento como dichas en el mismo día, en el mismo momento en que a nosotros nos llegan.
Porque son palabras del Dios-con-nosotros (Mt 1, 23), que nos mueven a la acción de nuestro cotidiano vivir, llenando de certezas y esperanzas nuestra vida que se afirma con su promesa: «Yo estaré en medio de vosotros, cuando os congreguéis en mi nombre, hasta el final de los tiempos» (cf. Mt 28, 16-20; Mt 18, 20).

Fig. 01. Javier Carvajal Ferrer (1991).
Alegría, certeza y misterio para todos los cristianos que podemos tener —y tenemos— la certeza de que el Señor está con cada uno de nosotros, aquí y ahora, con la misma presencia y certeza como estuvo con sus primeros apóstoles. A los que llamo personalmente, uno a uno, como a nosotros nos ha llamado, para caminar junto a Él por los caminos del mundo, llevando la buena nueva de su amor y de la salvación de todos los hombres que hemos sido convocados a la vida.
Llamada que, desde el entendimiento de la atemporalidad de Cristo resucitado —para quien no existe el ayer ni el mañana, el antes o el después—, nos ha llegado en el mismo momento en que les llegó a Pedro a Santiago y a Juan y de la misma manera: «¿Quieres, tú, venir conmigo?» (cf. Mt 4, 18-22).
Propuesta que nos hace testigos del nuevo pacto de amor entre Dios y nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos.
Propuesta que por el amor de Cristo, nos transforma en participes de la alegría de nuestros hermanos y en actores del mandato de anunciar a todos los nacidos la gozosa manifestación del Señor del tiempo, de tal manera que cada tiempo, que todo tiempo, pueda expresar, a su propio modo, el mensaje de la buena nueva desde sus concretas circunstancias, dando respuesta a sus concretas necesidades.
Es por ello, y en razón de ese mandato, que a todos nos alcanza, en todo lugar y todo tiempo, que todo movimiento cultural, científico, intelectual o artístico promovido por quienes nos honramos con el nombre de Cristo debe ser expresión coherente del mensaje de amor que Él nos confió sobre la piedra de Pedro.
Desde ese mandato universal, Cristo se manifiesta como contemporáneo de todos los hombres, para ser igualmente amado y comprendido, y nos convoca a todos para que nos transformemos, —usando nuestras palabras, guardando nuestra propia identidad, empleando las herramientas y posibilidades de nuestro tiempo— en apóstoles de su eterna y verdadera palabra.
Es así como podemos afirmar que Cristo y su Iglesia no pueden ser presentados como vinculados a ningún momento histórico especifico, ni a ningún proceso que suponga un antes y un después. Ni el arte —herramienta de nuestra expresividad sensible al servicio de Dios— puede ser presentado como la expresión, excluyente, de la sensibilidad cristiana, vinculada a una concreta expresión histórica.
El arte debe ser entendido como manifestación temporal de la perfección de Dios a través de los artistas de cada distinta época de la cultura, y con la misma capacidad de eficacia al servicio de la fe.
Porque la fe no puede identificarse, de forma excluyente, con ninguna época histórica determinada. En cada una de ellas, las artes —todas las artes en sus distintas manifestaciones y desde sus distintas técnicas y modos— deben hacer llegar a los hombres lo que, desconociendo, presienten o anhelan, ofreciendo la emoción de la belleza desde sus propias claves; haciendo que el arte se revele como manifestación, a través de sus obras, de la gracia y grandeza de Dios, constantemente actualizada en la distinta expresividad de sus actores, con mayor vigor y elocuencia que pueda hacerlo cualquier discurso razonado que nos pueda ser propuesto.
La belleza, en cualquiera de sus manifestaciones, nos habla de Dios a través de los sentidos, y se dirige, sin intermediarios, al espíritu, al corazón y a la fe de los hombres, de forma participada con el modo como Dios se manifiesta a través de la belleza que conforma la circunstancia natural que nos acompaña desde la cuna hasta la muerte.

Fig. 02. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58; planta.
*
Históricamente, la Iglesia, en otras épocas, ha usado el arte —en sus manifestaciones pictóricas y escultóricas— como medio para mostrar a los hombres la historia de la vida de Cristo, su propia historia o la de los santos, confiando a la figuración, la narración plástica de aquello que, en su momento, entendía como elemento necesario para la salvación de los hombres.
Las otras manifestaciones artísticas, abstractas por su propia naturaleza —música, arquitectura y, por extensión, las artes aplicadas a la formalización de los objetos—, fueron entendidas siempre en su propio valor abstracto, sin que ello supusiera merma en su aplicación al servicio de la fe y de manifestación de la belleza de Dios.
En nuestros días, todas las artes reclaman el reconocimiento de su posibilidad de abstracción, lo cual abre nuevas vías a la expresión sensible a la belleza y a la búsqueda de nuevas formas de transmisión de sentimientos y de emociones, sin que puedan fijarse limites a los hallazgos, ni a los modos, vías y técnicas para conseguirlo; dejando siempre abiertas nuevas puertas a nuevas instituciones y conocimientos.
Sin descontar que el artista, en esa búsqueda sin limite —siempre renovada y posible—, esta acotado en su propia capacidad expresiva, ya sea por su limitación de conocimientos necesarios o por su propia naturaleza finita, de tal manera que su capacidad de propuesta y de resolución nunca alcanzara metas definitivas o podrá fracasar en su personal esfuerzo, sin que ello suponga la invalidez del camino, ni la descalificación del intento; dejando abiertos cauces a nuevos intentos propios; y cuanto más a nuevas posibilidades de otros artistas y de otras generaciones, que podrán alentar nuevos ensayos y nuevas formulaciones en los tiempos por venir; sin agotar, en ningún tipo ni momento, la creatividad para expresar la belleza que se manifiesta en la obra de Dios, o que a él se le ofrece, ni agotar tampoco la búsqueda de la perfección humana a la que el artista aspira.
Nunca el artista, por más que intente renovar, investigar, inventar o construir, podrá llegar a dominar o penetrar la totalidad de la belleza o la totalidad de las maneras y técnicas para expresarla, porque toda aventura, obra o palabra humana es inevitablemente parcial y limitada, y así será hasta el fin de los tiempos. Porque la palabra del hombre, desde una perspectiva trascendente, nunca puede ser definitiva y sólo puede alcanzar a ser una palabra más de un infinito discurso; un mero acento añadido a una voluntad de perfección siempre inconclusa; un nuevo escalón de un proceso nunca interrumpido, de una deseada perfección siempre inalcanzable y posible.
El hombre persigue comprender el misterio insondable del Verbo de Dios, que se hizo tiempo por amor a los hombres desde lo eterno, y que sólo puede comprenderse desde una cosmovisión que, siendo histórica, trascienda la historia; de igual manera a como Cristo, siendo verdadero hombre histórico, trasciende al tiempo y al espacio para la historia, haciéndose hombre para todos los hombres, contemporáneo de cada uno de nosotros, de modo personal y concreto. Razón por la cual el mensaje de Cristo, por ser integral, sin limite de tiempo, es mensaje personal para cada uno de nosotros, concretando en la historia de cada hombre y de cada tiempo su valor de eternidad.
El arte, manifestación humana de la perfección de Dios, participa de ese valor intemporal que todo cuanto a Cristo resucitado corresponde, y de tal manera que cada momento y modo de hacer, a pesar de tener una datación histórica identificable, hace de su emoción —de la emoción que transmite y que cada uno siente como propia— una emoción personal e intransferible para quien lo contempla, que le permite decir, con verdad, que esa emoción es suya, y la belleza que es causa de esa emoción, suya también, y por extensión, suyo cuanto de hermoso ha sido hecho en todos los tiempos.
Lo intemporal del mensaje cristiano, por el amor de Cristo, se hace concreto en la situación histórica de cada hombre, al modo que lo eterno se hizo temporal de modo histórico en Cristo, para abarcar a todos los hombres de forma personal y concreta.
Éste es el carácter místico de la alianza de Dios con el hombre. Éste es el carácter de nuestra condición de apóstoles: hacer que para cada hombre de nuestro tiempo, resuene en su corazón el mensaje eterno y universal del amor de Cristo, de manera personal y propia.
Dios se ha hecho tiempo en Cristo, para cada hombre, para vosotros y para mí; para los que ya han podido verle «cara a cara» (Éx 33, 11-13) y para los que aun han de nacer, de tal manera que cada hombre tenga la certeza de trascender al tiempo.

Fig. 03. Emplazamiento.
Una vez que Dios se ha hecho comprensible para los hombres, haciéndose hombre en Cristo, el hombre tiene ya palabras que decir, con el supremo objetivo de expresar, con su propia voz, la palabra de Dios. Porque el Verbo trasciende el tiempo y alcanza a todos los hombres que, gracias a esa voluntad de amor, hemos sido hechos hermanos de Cristo, hijos de un mismo Padre que esta en los cielos, y podemos entender al «Cristo con nosotros» (2 Cor 13, 5) como contemporáneo nuestro, y a nuestras acciones y a nuestro tiempo, como tiempo y acciones de Cristo.
También la Iglesia manifiesta esa voluntad de compromiso con cada hombre por encima del tiempo, haciéndose participe de la salvación de todos los hombres, para lo cual fue instituida por el amor de Cristo, comprometiéndonos en la salvación de todos nuestros hermanos.
Y siendo la Iglesia atemporal, por ser como Cristo y por voluntad de Cristo «para la vida del mundo y de todos los hombres» (Jn 6, 51) nacidos y por nacer, también la Iglesia se hace contemporánea de todos nosotros y de todas las generaciones, y de tal manera que nuestro mundo y todos los mundos que han sido y serán son mundos de Cristo, en igual medida, sin que ninguno de ellos ni sus manifestaciones, puedan identificarse de forma excluyente con Cristo y con su Iglesia.
Dios se manifiesta de mil maneras; y entre esas mil, en la belleza que encontramos en todo cuanto nos rodea, menos —con demasiada frecuencia— en las obras de los hombres. Y Cristo nos pide que no sea así.
Cristo, una vez más, por voluntad de amor, nos pide que colaboremos uniendo nuestro esfuerzo para que la belleza —como la paz, como el bien, como la justicia, como el amor de todos los hombres— sea manifestación de la sublime belleza a través, también, de las obras de los hombres, manifestando las distintas expresiones de los tiempos que se suceden, de las obras que se hacen realidad, al compás de las vidas de las generaciones, en la manifestación temporal e histórica de su actividad sobre la tierra, propia de cada tiempo, de cada época y de cada cultura, de muy distinto modo.
Es así, desde estas diversas manifestaciones, como el hombre, en su temporalidad y diversidad, contribuye a expresar desde la evolución de los tiempos y sus acentos peculiares, la gloria de Dios, de la cual el hombre, por amor de Dios, se hace colaborador —en comunión con todos sus hermanos que viven en el mismo momento fugaz de la historia que comparten— de la reconquista del paraíso perdido que nos ha sido prometido; añadiendo día a día nuevas parcelas de bien —por pequeñas que estas parcelas sean— para recobrar la perfección original a la que deseamos regresar y a la que regresaremos en el día en que la luz brillará mas viva, cuando pisemos los umbrales de la casa del Padre.

Fig. 04. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58.
*
Sin duda, el hecho mas emocionante que ha sucedido en la historia ha sido la encarnación del Hijo de Dios. En ese momento misterioso en que lo eterno se hizo histórico, para ser comprendido por los hombres. Es sobrecogedor pensar que Dios haya querido ser comprendido por los hombres, haciéndose así, camino, verdad y vida, para que todos los nacidos alcancen la felicidad eterna de su conocimiento (cf. Jn 14, 6). Que Dios, infinito, eterno, único y omnipotente, que da realidad y consistencia a todo lo creado, se haya querido hacer Verbo encarnado para que podamos conocerle, y alcancemos a través de esta vía, la felicidad que nos ha sido preparada y que presentimos y anhelamos, en nuestra hambre de perfección, desde la limitación de nuestras realidades personales.
Pero Dios, para ser comprendido no recurre a explicaciones, sino que se manifiesta en parábolas, entre las que está la más bella de todas, que es la de su propia vida; completando la constante manifestación que supone la inmensa belleza que, desde el nacer al morir, rodea nuestras vidas y que resplandece en los altos cielos; en las nubes y en las arenas de los desiertos; en las aguas de los océanos; en las cumbres solemnes de las cordilleras; en la sobrecogedora inmensidad del universo, en los astros; en todas las tierras y en todos los seres maravillosos que las habitan.
Dios ha querido hacerse hombre para que los hombres de todos los tiempos, a través de los sentidos y de todas sus capacidades que nos han sido otorgadas, podamos comprender, seguir y aun expresar —desde nuestras limitaciones— la oculta e inconmensurable perfección del Ser eterno que quiso, por amor a nosotros, habitar el tiempo.

Fig. 05. Detalle de las inscripciones en el pavimento, con los españoles fallecidos en Roma. Javier Carvajal (sexto desde abajo) falleció en Madrid el 14 de junio de 2013; posteriormente, sus restos mortales fueron trasladados a la Ciudad Eterna.
La Iglesia de Cristo ha querido expresar la realidad misteriosa de Dios desde el día de su Ascensión a los cielos. Pero expresar significa para los hombres haber comprendido —o al menos intuido— esa voluntad de hacerse hombre entre los hombres, cosa que es difícil —cuando no imposible— y que sólo se hace penetrable a la luz de la fe o accediendo, a través del conocimiento sensible, a la intuición del espíritu ante el cual la razón enmudece.
En cada uno de nosotros alienta el anhelo de comprender esos misterios que nos trascienden, y todo hombre, por el amor de Dios, posee la capacidad necesaria par buscar y encontrar la respuesta incipiente que le permite colaborar —digámoslo una vez más— por amor, a poner de manifiesto la existencia de Dios, infinito y creador.
El hombre, iluminado por la fe, siente la necesidad imperiosa de expresar aquello en lo que cree, y eso no ocurre sólo para el hombre creyente, sino también para el que no cree, pero que intuye y necesita iluminar su vida e intenta expresar de alguna manera, ayudado por la gracia sin limites del Creador, la grandeza del universo que le rodea y su sentido, aun cuando no llegue, con su clamor, más que a expresar esa necesidad y la inseguridad de su búsqueda de Dios.
Así ha sido en todos los tiempos, y el hombre de hoy no podía ser ajeno a este anhelo, porque también él, en su soledad y en su duda, tiene necesidad de comprender a Dios a través de sus manifestaciones, entre las cuales, la mas evidente y constante es la belleza del universo que habitamos.
La belleza, hoy como ayer, nos encamina hacia Dios, pero hoy por caminos distintos de los caminos de otros tiempos; porque el hombre del nuestro tiene distintas urgencias y sensibilidades diferentes; pero en todo caso, el hombre se sigue sirviendo de la belleza como medio de expresar, de mostrar, la belleza de Dios.

Fig. 06. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58.
¿Cuales pueden ser las inquietudes que sacuden al hombre de nuestros días?
Si intentamos definir al hombre de nuestro tiempo —con todo el riesgo que supone toda generalización—, me atrevería a decir que es un hombre que busca desde la duda, que busca sumergido en una angustia universal que es el fruto triste de los fracasos de los mitos de la razón, de los mitos de los tres últimos siglos, que han perdido hoy la validez de que gozaron en otros tiempos, después de haber creado un deslumbrante mundo científico y tecnológico, materialista e insolidario, escéptico, despojado del misterio, huérfano voluntario de Dios, en el cual todo puede reducirse a términos estadísticos manipulables, presidido por el signo de lo económico, larvado de violencias encubiertas y de hipocresías inconfesadas. Un mundo en el cual el hombre ha pasado de ser señor de su destino a esclavo de sus propias creaturas, y donde se encuentra él mismo inexplicado en su huida de Dios y donde comprueba que las ciencias empíricas —y las humanas cuando se empirizan— no bastan a explicar su misterio íntimo y su profundo sentido; donde el razonamiento científico no alcanza a explicarle las incógnitas básicas que le angustian: por qué nace, por qué muere, por qué ama, por qué odia y por qué sufre.
En medio de tantas dudas y de tantas explicaciones parciales que no le satisfacen ni le tranquilizan, el hombre se encuentra terriblemente solo para explicarse su íntima verdad, y rechazando los mitos de la modernidad acuñada, se vuelve hacia el mundo de lo sensible, a la búsqueda de unas emociones que, o bien lo alienen o bien sean capaces de abrirle la posibilidad de penetrar el misterio de su propia realidad, de su propia verdad: la verdad radical de lo humano que necesita de forma acuciante —muchas veces sin saberlo— el encuentro con Dios.

Fig. 07. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58; detalle.
El arte de nuestro tiempo —abstracción, nueva figuración, arte concreto y tantas otras formulaciones— se presenta, una vez mas, como vía para hacer resonar la emoción que el artista procura, sin pretender explicar el mundo que ya ha sido cuadriculado, medido, despiezado, desde la ciencia; sin que intente dar conclusiones normativas —como incluso en la mas reciente modernidad se pretendió— ni soluciones indiscutibles acerca de sí mismo, ni de su inmediata circunstancia.
El artista pretende, tan solo, explicarse a sí mismo (como cada hombre), pero en su caso, mostrándose y manifestándose como una vía a la emoción, mostrando sus inquietudes y sus propios deseos y anhelos de artista desde una subjetividad radical que se ha despreciado y olvidado en tantas ocasiones.
El arte contemporáneo sigue ejerciendo, para el hombre de hoy, una función de mediación; no sólo para contar la historia y mostrar lo real como en otros tiempos, sino también para explicar al propio hombre por qué el hombre se ha hecho problema y no se comprende a sí mismo. Por eso no podemos acercarnos al arte de hoy aplicando los antiguos esquemas críticos o analíticos que en otros momentos fueron validos.
Ante la obra de arte que el artista crea, no podemos responder con el distanciador «no entiendo», porque el artista pretende expresar una emoción y no explicar o demostrar un teorema o mostrar una imagen que repita otra realidad.
El artista de hoy pretende plantearse una pregunta, expresar una duda, un temor, un deseo, una emoción o una ensoñación, y frente a estos puntos de partida, la actitud que afirma no comprender manifiesta la misma ceguera de quien ante una puesta de sol buscara relacionarla con un precedente o con algo materialmente útil; o la comparara —para valorar su belleza— con cualquiera otra realidad; o la midiese o la analizase científicamente, en lugar de callar y contemplar.
Es de esta manera —callando y contemplando— como los sentidos son capaces de conducirnos desde la emoción a la comprensión de los valores del espíritu.
El arte contemporáneo intenta —cuando el hombre ha renunciado ya a los parámetros simplemente racionales— comprender determinados aspectos de la realidad, para hallar nuevos modos de expresión de lo que desconoce y de aquello que la razón no alcanza. No intenta, en todo caso, dar razón del hombre en su dimensión total, sino tan sólo de lo que le rodea y de lo que acierta a comprender en su inseguridad, desde la intuición, desde la esperanza en la existencia prometida de una inconcreta tierra que su corazón y su sensibilidad van buscando para orientar su inseguro camino.


Fig. 08-09. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58.
Ante la actitud que intenta encasillar las ideas y las palabras, lo único que se puede responder es: «yo acepto» o «yo no acepto». Porque lo que se intenta crear es una respuesta a los anhelos a los que el artista desea dar respuesta.
Si la respuesta que su trabajo merece es un generalizado «acepto», estará bien que así sea para valorar el esfuerzo; pero si la respuesta, en iguales condiciones, fuera «no acepto», también estará bien para seguir buscando. Porque el artista —como ha dicho Rilke (1929)— formula su propuesta para explicarse a sí mismo, y al explicarse a sí mismo, explicar para los demás sus propios hallazgos. Sin que exista intención avasalladora alguna, sino porque en las inquietudes del artista resuenan las de los hombres de su tiempo, las inquietudes del corazón de los hombres.
Es así como el arte de hoy se nos revela —en sus dudas y en sus respuestas compartidas o no— como un modo adecuado de expresión del eterno misterio de Dios; tal vez no desde la afirmación de certezas, pero sí desde la emoción de la búsqueda de esas certezas a las que se aspira, en las que se manifiesta el Señor de los tiempos. Su presencia se nos impone a través de lo sensible y esa belleza nos habla de Él.
El arte intenta hoy expresar la emoción que el hombre siente frente a esas realidades que son la manifestación de Dios.
El arte habla a los sentidos, produciendo desde ellos una emoción espiritual.
El arte no se vale siempre de los mismos materiales, ni de los mismos mecanismos de expresión, sino muy al contrario, su inquietud se manifiesta en una incesante búsqueda de nuevos modos, y de igual manera que el árbol, la nube, el agua, el fuego, el arco iris o la noche tienen sólo en común su diferente referencia a la belleza, el artista de nuestro tiempo se vale de las distintas realidades para expresar una nueva realidad.
El arte de nuestro tiempo pretende expresar sus inquietudes referentes al mundo que le da la vida, haciéndose vehículo de las acciones humanas, intuidas por la sensibilidad de los artistas. La belleza que es, en su múltiple manifestación, manifestación de Dios, se hace así manifestación del alma común de la humanidad en su búsqueda, esperanzada a veces, desesperada otras muchas, del Dios de la esperanza y del amor.
Decir ante el arte nuevo «no entiendo», sólo manifiesta que quienes así se expresan se siguen moviendo en esquemas de razón no intuitivos, y que el espíritu de quienes así reaccionan está anclado en una situación concreta de expresión artística, sin comprender, tal vez, que la imagen del Dios trascendente que nos ama, mas allá de cualquier época y de cualquier esquema de expresión, está mas allá de toda figuración. Y que en este sentido, Dios escapa a cualquier formalización física o histórica, aun cuando haya asumido, en determinado momento en la historia, la realidad concreta del Cristo vivo que nació de María Virgen, en Belén de Judá, y murió junto a dos ladrones en la cima del Gólgota.


Fig. 10-11. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58.
Esa realidad doble de inconcreción y concreción histórica de Dios, nos permite concluir que es inadecuado pretender ligar el arte cristiano a un momento histórico aislado y concreto —sea la Edad Media, el periodo que siguió al Concilio de Trento o cualquier otro—, cuando en verdad todo momento histórico es un camino para la aventura humana de su encuentro con Dios, Señor del tiempo y de todos los tiempos.
Se hace, por tanto, necesario en el nuestro —de esperanzada marcha a la recristianización de Europa y del mundo—, afirmar que todo arte (y también el de nuestro tiempo) puede y debe ser arte religioso, adecuado para añadir nuevas palabras e imágenes para su manifestación en el siglo que se anuncia, en el comienzo del tercer milenio; porque el arte, al compás de la vida del hombre, es susceptible de infinitas expresiones sin que ninguna agote su posibilidad; porque todas las posibilidades humanas son parciales, en tanto el Señor de la vida es radicalmente infinito.
Es la riqueza infinita de Dios la que nos garantiza que, en nuestro tiempo, se puede dar, de un modo adecuado y eficaz, una renovadora eclosión de arte al servicio de Dios, que no tiene por qué ser remedo, o secuencia, de otros periodos anteriores.
Hemos de aprender a leer los signos de los tiempos, los modos de expresar nuestra propia época; su palabra precisa y la aportación que nuestro tiempo puede hacer desde su propia identidad para la eclosión de una nueva cristiandad.
No podemos vivir tan solo de herencias, de la sola luz de los muertos, porque toda cultura supone ser depositarios de herencias y creadores de nuevos legados para los que han de venir: si no, ¿cual sería nuestra aportación a la reconquista del paraíso perdido?
La Iglesia es transmisora de un legado de vida eterna y transmisora de nuevas formas de entender y vivir el mensaje de Cristo, siempre constante y siempre renovado.
En cada siglo, la belleza ha cantado y canta la gloria de Dios, a pesar de los problemas y angustias que pesan sobre los hombres de esos siglos. Y en cada siglo, la belleza manifiesta, de una forma nueva y propia, la gloria de Dios y la presencia de un Dios comprometido con los hombres y de sus hombres comprometidos con Dios.
¿Por qué ha de ser de otra manera en nuestro tiempo?

Fig. 12. Javier Carvajal Ferrer, José María García de Paredes y Javier García Donaire, escultor, Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano, Roma (Italia), 1957-58.
*
Incluso en una hora de inseguridades, que nos alcanzan, como es la nuestra, el cristiano tiene una certeza fundamental, más profunda que toda duda y que supera a todos los tiempos. La certeza de que Cristo se ha hecho hombre para ser comprendido por el mundo, para que el mundo se salve por Él. Razón por la cual el cristiano es portador de esperanza, en la certeza de que la encarnación de Cristo trasciende toda temporalidad y abarca el tiempo que a cada uno nos ha sido dado para vivir. Y que su verdad trasciende toda duda y toda negación, y que su bondad es superior a todo mal en cada época, y que su belleza puede ser comprendida por los hombres de todos los tiempos pasados, presentes y futuros.
El cristiano camina desde esta esperanza, en la alegría hacia la alegría, y animado por ella, se esfuerza y es capaz de encontrar nuevos caminos de expresión para los hombres de su propio tiempo.
No sabemos, tal vez, cuál es la manera y modo de decir esta verdad, que es la luz del mundo y de cada hombre, pero sí sabemos que esa verdad existe y es verdad para siempre y que tenemos, por la gracia de Dios, que hacerla brillar en mitad de las sombras de los tiempos, y concretamente en nuestro propio tiempo.
Cada hombre ha de cantar su propio canto para expresar su alegría, para expresar a Dios y así comprenderse a si mismo.
Con la ayuda de Dios y con nuestro esfuerzo, reconstruiremos el paraíso que perdimos, añadiendo, por mínimas que sean, nuevas parcelas de perfección para que el mundo sea mejor, más feliz, en el camino y tarea que libremente cada uno hemos elegido, para la alegría de los hombres que lo habitan.
Nadie puede hurtar su esfuerzo, porque todos somos necesarios; sin Rafael, sin Miguel Ángel, sin Leonardo, seriamos hoy mas pobres, menos capaces de comprender la perfección y la belleza. Como serian más pobres las generaciones venideras si no tuviéramos el valor de entregarles nuestra propia herencia, construida con nuestro esfuerzo.
Así, en comunión cada hombre con los otros hombres, sus hermanos —que eso es la Iglesia de Cristo—, contribuye y contribuirá hasta el fin de los tiempos a expresar nuevos aspectos de la infinita verdad de Dios. Porque toda belleza procede de Dios, para mostrar todas las cosas en su verdad que es manifestación de Dios.
De aquí nuestra tarea de cristianos: hacer que nuestro tiempo, con amor a todas las cosas y a todos los hombres, participe de su belleza, unidos en un cántico universal, donde todo lo creado cante su gloria.
Amando al mundo que nos ha sido dado.
Amando los medios de que disponemos, en nuestro mundo, para lograrlo.
Y llevándolo al altar del Señor, del Dios que alegra nuestra eterna juventud.
Santiago de Compostela, Agosto de 1995
Javier Carvajal (rubricado)

Carvajal Ferrer, Javier. 2000. Javier Carvajal. Madrid: Munilla-Lería.
Delgado-Orusco, Eduardo. 2017. El Panteón de los Españoles en Roma / The Pantheon of the Spaniards in Rome. Buenos Aires: Diseño.
Fernández Talaya, María Teresa. 2020. «Francisco Javier Carvajal Ferrer». IEM-Instituto de Estudios Madrileños. Consultado el 10/02/2026, https://xn--institutoestudiosmadrileos-4rc.es/portfolio_page/c-8-2-carvajal-ferrer-francisco-javier/
Juan Pablo II. 1982. Carta por la que se constituye el Consejo Pontificio para la Cultura. La Santa Sede. Juan Pablo II. Cartas. Consultado el 08/02/2026, https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1982/documents/hf_jp-ii_let_19820520_foundation-letter.html
Rilke, Rainer María. 2005 (1929). Cartas a un joven poeta. Carta #6. Madrid: Hiperión.
Fig. 01. Iñaki García (El País).
Fig. 02. Delgado-Orusco 2017.
Fig. 03-09, 12. Esteban Fernández-Cobián (2025).
Fig. 10-11. Giorgio Della Longa (2005).
[1] El arquitecto español Javier Carvajal Ferrer (1926-2013) sólo construyó dos obras de arquitectura religiosa: el Panteón de los Españoles en el cementerio Campo Verano de Roma (1957-58) y la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles, en Vitoria (Álava, 1957-60), ambas con la colaboración del arquitecto José María García de Paredes y del escultor Javier García Donaire, compañeros de promoción en la Academia de España en Roma. Además, diseñó proyectos para las iglesias parroquiales de Sevilla la Nueva (Madrid, 1954), Húmera (Jaén, 1989) y Las Rozas (Madrid, 1992), no construidos. Todavía no existe una monografía definitiva sobre su obra, aunque sí muchas aportaciones parciales. Para una primera aproximacion pueden verse, por ejemplo, Carvajal 2000 y Fernández Talaya 2020.